
Los
colegas de Telebandera, por ejemplo, colocaron el dedo en una de estas
llagas. En Cárdenas un grupo de maestros albergados criticaban las malas
condiciones del local donde vivían, ubicado en calle 23 y Laborde.
Ausencia de mobiliarios, tanque de agua destapado, techo en mal estado
eran solo algunas de las agonías de su rutina diaria.
El
hecho preocupa, incluso más allá de las reparaciones materiales que
evidentemente precisa la vivienda. Quienes leemos entre líneas,
percibimos en los afectados otra inquietud, una ajena a las inversiones o
sumas monetarias: la aparente inercia ante tal situación.
El
asunto posee diversas lecturas y no lo dudo, muchas explicaciones; pero
de qué sirven, si los perjudicados, las desconocen. En una esfera
sensible, matizada, en municipios como el cardenense, por las carencias
de personal, que obligan a acudir al apoyo de docentes de otros
territorios, esos escollos laceran y desmotivan.
En
ocasiones, además del presupuesto, falla la comunicación justo allí
donde nos falta por avanzar en materia de atención al hombre. Estos
temas concertados en contratos, convenios debatidos en reuniones y
asambleas, no son nuevos, pero pululan los malos ejemplos, y toma
ventaja el sentimiento o postura apática hacia algo o alguien.
El
desinterés es una muestra de maltrato, directo a la autoestima personal
y la imagen de una institución. Duele más un: “me resulta indiferente”,
a un argumento positivo o negativo.
Al
sector de los servicios en el país le aqueja también este mal, quienes
sufren son los clientes. Hace unos días compré un tubo de vasos
desechables por el valor de 23 CUP en un establecimiento de la calle
Medio de la ciudad de Matanzas.
Antes indagué con la dependiente la cantidad de unidades: “50 vasos”,
me aseguró. Sin embargo los paquetes exhibidos en la vidriera abiertos y
despojados de cualquier garantía gritaban que era casi imposible que el
producto cumpliera con las cifras establecidas. Me lo llevé a casa
donde, en efecto, convertí la duda en certeza, faltaban cinco envases.
Mi
error, y quizás el de muchos consumidores, estuvo en no contar in sito y
reclamar. Pero cuál es el del dependiente, la tienda o la empresa.
¿Deben los consumidores vivir con el temor de ser estafados? ¿Por qué no
se venden los paquetes sellados? ¿Por qué, si el dependiente conoce las
irregularidades del producto no lo explica a la población?
Falta
la información oportuna y sobra el desinterés en una sociedad que
apuesta por ponderar el papel del hombre como sujeto y no objeto.
Merecen atención tanto los trabajadores como los usuarios. No por gusto
los estudiosos de la comunicación destinan investigaciones a la relación
con los públicos internos y externos. Los primeros determinan la
vitalidad de una organización y los segundos su sostenibilidad.
La
población sufre por deficiencias que perturban sus actividades
cotidianas y constituyen a pesar de las complicaciones la base de su
bienestar social.
Es
cierto que median aspectos como las lógicas del mercado, retribuciones
económicas, la preparación y hasta el estado anímico. Pero si a pesar de
ello el interés prima, la indiferencia vista como la negación del ser, o
un problema psicológico y social, no podrá anestesiar los buenos
modales ni la profesionalidad, que nos urge anclar en tierra firme.
Imagen tomada de Internet
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